Junio 2006

Estimados amigos de Altius:

Quiero compartir con ustedes una reflexión que hace tiempo leí, acerca de la importancia de la formación personal. Una formación que no sólo habla de estudios y más estudios, sino de una preparación del corazón, de aquello que nos hace ser hombres y mujeres justos, bondadosos, entregados a la misión por la cuál estamos aquí en este mundo.

En dicha reflexión nos hacían ver el fracaso que estamos teniendo en la formación de personas que tienen solamente desarrollada la mente. Al parecer, muchas personas piensan que es un desperdicio invertir tiempo y esfuerzo en formar el corazón humano. Pareciera que más preparados estamos para hacer cambios en el mundo que nos toca vivir, si tenemos más títulos académicos en nuestro haber.

 

Sin embargo, en muchas ocasiones, la solución a conflictos que hoy vivimos radica en el cuidado y formación que pongamos a nuestra alma. Las cosas más profundas del ser humano, como son sus sentimientos, actitudes, intenciones, reacciones, emanan de su corazón; de ninguna otra parte. Si esto es lo que conduce nuestro actuar, ¿porqué no le prestamos más atención, o al menos, igual atención que a ser personas instruidas académicamente hablando?

Podemos ver cómo algunas personas, ante acontecimientos difíciles, dolorosos, incluso injustos, pueden elegir ser mejores ó peores seres humanos. La respuesta está en lo que tienen en su corazón: amor u odio; generosidad o egoísmo. Como ejemplo, pensemos en alguien que recibe una calumnia, y que en lugar de ir y ofender al agresor, decide perdonarlo: esa persona ha crecido como tal; esa persona es ya un mejor ser humano.

El mundo nos ofrece muchas salidas fáciles ante acontecimientos difíciles: la ira, el egoísmo, la inseguridad, la venganza, la depresión, la ansiedad, el orgullo, el miedo. Tenemos que decidir ser valientes y lograr que no sea el egoísmo quien reine en nuestro corazón, sino una auténtica búsqueda del bien. Cuántos conflictos podrían resolverse si nos atreviéramos a tener una sobre dosis de humildad diaria, si nos “mordiéramos la lengua”, y decidiéramos perdonar, aceptar con justicia, amar en verdad.

¿Cómo podemos formar nuestro corazón?

•  Atendiendo la parte afectiva: sentimientos, deseos, sueños, imaginaciones, estimas, etc., guiadas por el amor y no por el egoísmo.

•  Atendiendo la parte intelectual: Es nuestra responsabilidad atender y formar nuestra conciencia e intelecto para tomar buenas decisiones, para diferenciar lo bueno de lo malo (inteligencia), para decidir por los “bienes” (voluntad). Pensemos cómo son nuestros pensamientos, juicios, decisiones, recuerdos, ya que todos ellos emanan de la parte intelectual. El intelecto también puede guiarse por el amor, en vez del egoísmo.

•  Atendiendo la parte espiritual: La parte espiritual tiene participación real en la vida diaria de todos. Pensamos equivocadamente que, a este lado espiritual, sólo hay que prestarle atención cuándo estamos enfrentando “peces gordos”: una decisión de vocación de vida, trabajo, enfermedad, un evento de felicidad exagerada, etc. Y luego nos damos cuenta de que pasan tantas cosas a nuestro alrededor, algunas tan sencillas, y no somos capaces de reconocer que éstas también nos forman y alimentan nuestra parte espiritual. Necesitamos abrir nuestro corazón a estas cosas pequeñas.

Nuestra boca habla de lo que está lleno nuestro corazón. Cuántos hombres y mujeres han llegado a ser héroes porque decidieron transformar primero su interior, y con su corazón, lograron cambiar grandes realidades que parecían imposibles de vencer. Como ejemplo recordemos a Juan Pablo II y a la Madre Teresa de Calcuta.

Vale la pena ponerle atención a nuestro corazón. No lo desatendamos…los resultados de tenerlo bien cuidado y formado serán para toda la vida.

Reciban un cordial saludo,

Carlos Otero
Director Ejecutivo